CUBA

04-12-2014
  • La reciente visita a Cuba del Ministro español de Asuntos Exteriores y de Cooperación se ha saldado con una regular polémica. Como era previsible, se ha discutido acerca de la oportunidad del viaje, y la ausencia de contacto con los disidentes y se ha vuelto a valorar la actitud que el gobierno español debería adoptar frente al régimen castrista.

    No es objeto de estas líneas el comentario acerca de estas cuestiones, que desde luego darían para muy extensa consideración. Por el contrario, pretenden comentar brevemente el escenario económico cubano en que tal viaje se ha enmarcado, y las relaciones económicas entre España y Cuba.

    La economía cubana actual es sumamente frágil (lo es en realidad desde hace décadas). Su estructura productiva es endeble. Tremendamente dependiente del exterior, del que debe recabar el petróleo del que carece, bienes de equipo, repuestos, bienes de consumo e incluso alimentos. Tradicionalmente la disponibilidad de divisas para el pago de las importaciones ha sido el principal cuello de botella de la economía. Cuando esta disponibilidad ha menguado, las importaciones han tenido que recortarse, estrangulando aún más la economía.

    El total de importaciones en 2013 ascendió a 14.800 millones de dólares, mientras que las exportaciones apenas llegaron a los 5.600 millones, con el resultado de un enorme déficit comercial de más de 9.000 millones, equivalente al 12% del PIB.

    Este agujero ha sido parcialmente cubierto por los ingresos por turismo (2.600 millones) y las remesas de los exiliados (quizá alrededor de 1.000 millones). Pero la partida que permite compensar con creces el déficit permitiendo un modesto superávit en la balanza por cuenta corriente es la partida de servicios, que arroja unos ingresos del orden de los 13.000 millones.

    En esta partida se engloba el cobro por los servicios de los médicos cubanos destacados en Venezuela (así como maestros, y otros profesionales). Su número se estima entre 30.000 y 40.000 personas. El pago de estos servicios y el suministro de petróleo en condiciones en extremo favorables (unos 100.000 barriles/día, actualmente reducidos a 80.000) suponen un auténtico balón de oxígeno para la economía cubana. El valor de la aportación de Venezuela a Cuba por todos los conceptos es estimada por los expertos en una cifra alrededor de los 8.000 millones de dólares. El grado de dependencia es muy alto, y una interrupción de esta ayuda supondría para la economía cubana un golpe muy difícil de asumir.

    Las autoridades cubanas son muy conscientes de ello. Y más en unos momentos en que la caída de los precios del petróleo coloca a su vez a Venezuela en una situación precaria.

    El riesgo evidente del final de la ayuda venezolana y la necesidad de dinamizar una estructura productiva en extremo insuficiente son sin duda la razón por la que el gobierno cubano ha puesto en marcha unas ambiciosas reformas estructurales que pretenden mejorar la eficiencia del aparato productivo.

    Tales reformas no terminan de despegar. Este año 2014 previsiblemente se cerrará con una modesta tasa de crecimiento del PIB del orden del 2,5%. Las reformas son lentas, insuficientes y por añadidura, su implementación tropieza con trabas y dificultades, fruto de las resistencias del aparato del régimen.

    La Ley de Inversiones Extranjeras es un buen ejemplo. Para elevar el crecimiento de PIB al 3,5% el país necesitaría recibir del orden de los 2.500 millones de dólares anuales, pero las incertidumbres están retrayendo a los inversores extranjeros.

    Uno de los factores de incertidumbre más destacables es la anunciada, pero no concretada, unificación monetaria. La coexistencia de dos monedas, el peso cubano (CUP) y el peso convertible (CUC), el segundo con un valor teórico de un dólar, y el segundo a una tasa de 1 CUC = 24 CUP supone una grave distorsión, no solo contable. Pero mientras no se aclare cuál será el factor de conversión (que supondrá evidentemente una fuerte devaluación) muchos inversores preferirán esperar.

    El proceso de reformas está en marcha y el gobierno cubano tendrá que plantearse una aceleración de las reformas pendientes, una remoción de los obstáculos que dificultan su funcionamiento y una ampliación que ampliar el espacio del sector privado.

    Que esto vaya a suceder es la gran incógnita. La cuestión es hasta dónde piensan las autoridades económicas que se puede abrir la economía sin poner en riesgo el modelo político. Y no es una cuestión de fácil respuesta. Aunque el camino emprendido de reformas económicas posiblemente ya no tiene vuelta atrás.

    Y a todo esto ¿cuáles son las posibilidades que el escenario económico cubano brinda a nuestras empresas?

    Los intereses económicos españoles en Cuba son importantes y antiguos. En 2013 las exportaciones españolas a la isla ascendieron a 800 millones de euros, unos 1.050 millones de dólares, lo que convierte a Cuba en nuestro tercer mercado en Hispanoamérica. Y son muchas – varias decenas – las empresas españolas establecidas en la isla, en especial en el sector hotelero, donde su presencia es mayoritaria (una sola empresa española gestiona más del 20% del total de plazas hoteleras del país).

    Y si esta presencia inversora no es más intensa y si los flujos de exportación no son mayores, no es por falta de capacidad ni competitividad de nuestras empresas, ni por la falta de oportunidades, sino por las limitaciones existentes del lado cubano a las que antes nos hemos referido: La recurrente insuficiencia de divisas y las incertidumbres y escasa seguridad jurídica para el inversor extranjero.

    Pero las cosas se están moviendo en Cuba y están presentes tanto económica como políticamente, especialmente importante en estos momentos.

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