EL EURO Y SU CIRCUNSTANCIA

12-10-2014
  • Para quienes se interesen por el euro, su historia y su futuro, el reciente libro del profesor Requeijo (Jaime Requeijo: “Bordeando el abismo”. Alianza Editorial) es una grata y muy recomendable lectura.

    La política monetaria de los países se enfrenta, según los textos de economía a un trilema (lo que el profesor Requeijo denomina, en uno de sus anteriores libros, la tríada imposible): las autoridades económicas no pueden, simultáneamente, practicar una política monetaria autónoma, mantener un tipo de cambio fijo y mantener la libertad de movimientos de capital. Uno de los tres debe ser sacrificado.

    La libertad de movimientos de capital, que la Unión Europea establecía, y la práctica de tipos de cambio, si no fijos, al menos estables dentro de unos ciertos límites de fluctuación, como se pretendió con el Sistema Monetario Europeo, requería una política monetaria común, cosa que no fue posible. Y el resultado fue el colapso del SME en 1992-1993.

    La adopción de una moneda común, el euro –caso máximo de tipos fijos- fue acompañada, como no podía ser de otro modo, de una pérdida de soberanía de los países miembros en materia de política monetaria, asumida a partir de ese momento, por el Banco Central Europeo. De esta forma se resolvía el trilema antes mencionado.

    No obstante, el proyecto del euro nació lastrado, no solo por una falta de control comunitario de las políticas fiscales y presupuestarias por parte de las autoridades comunitarias (el Pacto de Estabilidad y Crecimiento que pretendía resolverlo no funcionó), sino porque se evidenció un nuevo trilema, bautizado como el “trilema de Maastricht”: la imposibilidad de asegurar simultáneamente la libertad de movimientos de capital, la estabilidad financiera y la supervisión bancaria nacional.

    Precisamente la reciente crisis desatada a partir de 2008, en un contexto de libre movilidad de capitales, y supervisión bancaria en manos de cada país, se traduciría en una grave inestabilidad financiera. Y para hacerle frente, la víctima vergonzante sería la libre movilidad de capitales. Como el premier italiano Monti espetó a la señora Merkel en 2012, la central de un banco italiano debía financiarse a tipos mucho más altos que su filial alemana, y la transferencia de fondos de esta última a la primera no era posible, por impedirlo el Bundesbank. Independientemente de la radicalidad del comentario, lo cierto es que la consecuencia más clara de la crisis estos años ha sido la fragmentación del mercado financiero y bancario europeo.

    En estas circunstancias, parece evidente que si queremos restablecer la unidad de ese mercado, esto es, salvaguardar la efectiva libertad de movimientos de capital, que es uno de los pilares de la Unión Europea, y además asegurar la estabilidad financiera, se requiere ineludiblemente llegar a una plena unión bancaria, en que la supervisión de las entidades, los mecanismos y fondos de resolución( para sanear o liquidar bancos en crisis) y la garantía de los depósitos bancarios estén en manos de las autoridades monetarias europeas, y no en las de cada uno de los miembros de la Eurozona.

    No es suficiente; romper la vinculación entre riesgo bancario y deuda soberana requerirá un control presupuestario comunitario y, al final del camino, la mutualización de la deuda: los hoy tabú eurobonos. Pero la unión bancaria es condición necesaria. Y la buena noticia es que en ello estamos.

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