Los retos del sector exterior

29-04-2014
  • Entre los años 2008 y 2013, es decir, durante los años de la Gran Recesión, el sector exterior español ha protagonizado uno de los vuelcos más espectaculares de nuestra historia económica reciente. En 2008 el déficit de la balanza básica era de 104.600 millones de euros (el 9,6% del PIB) – más o menos igual que el del año anterior (105.200 millones, e 10% del PIB) – Un año después (2009) había descendido a la mitad: 50.500 millones (el 5,5% del PIB). Y el año 2013 ha cerrado con un superávit de 7.130 millones (0,7% del PIB), primer saldo positivo en dos décadas.

    Una corrección de más 111.000 millones (casi 11 puntos del PIB) en tan solo 5 años viene explicada por una rotunda mejoría del saldo comercial, que en el citado período ha recortado su déficit en más de 78.000 millones.

    En esta mejora de la balanza comercial se pueden apreciar dos causas: una mejora de la competitividad, que medida en términos de costes laborales unitarios ha permitido recuperar los niveles de 1999 respecto de la Unión Europea (recuperando por tanto las pérdidas de competitividad de la década) y la caída de la demanda interna, tanto en el componente del consumo privado como la inversión.

    En trazo grueso, el resultado de lo primero sería el fuerte incremento de las exportaciones, que entre 2008 y 2013 aumentaron en 45.000 millones. Mientras que el del segundo sería la contracción de las importaciones, que en igual período disminuyeron en más de 33.000 millones.

    Durante el período comentado, y muy señaladamente en el trienio 2011-2013, la aportación del sector exterior al PIB ha sido lo que nos ha permitido experimentar tasas de caída de la economía mucho menos acusadas de lo que el hundimiento de la demanda interna habría dado como resultante. Y las estimaciones de crecimiento para los próximos ejercicios apuntan a que, aún a tasas menores, el sector exterior seguirá contribuyendo al crecimiento del PIB, en un contexto en el que la demanda interna registre a su vez tasas positivas.

    En estas circunstancias, cabe preguntarse si la espectacular corrección del saldo corriente tiene naturaleza estructural, o si una recuperación de la demanda interna no nos llevará, más pronto que tarde, a nuestro escenario tradicional de balanza corriente deficitaria, y saldos comerciales negativos de considerable envergadura.

    No es nada fácil contestar a este interrogante. Sin duda detrás del fuerte crecimiento de la exportación están las fuertes ganancias de competitividad reciente, la moderación de los costes laborales y las bajas tasas de inflación. Y no está falto de razón atribuir a la flexibilización del mercado laborar acometida en 2012, cierto que en un contexto de altas tasas de paro, la contención de los costes salariales, lo que ha hecho posible esta mejora de la competitividad.

    Por el lado de las importaciones, qué duda cabe del efecto sobres las mismas de la fuerte contracción de la demanda interna durante la crisis. Pero una parte de la caída de las importaciones, que un reciente estudio del BBVA cifra en un 42%, se puede deber a un efecto sustitución. Esto es, la producción nacional habría recuperado una parte importante del mercado doméstico de manos de la competencia extranjera.

    Consecuentemente, de los 33.000 millones de reducción de las importaciones durante el período 2008-2013, alrededor de 13.900 serían “estructurales”, resultado de las mejoras competitivas experimentadas por la economía española. De forma que, de la mejora del saldo comercial, exportaciones menos importaciones (78.000 millones), casi 59.000 serían resultado de esa mejora competitiva, y solo 19.000 se “perderían” al recuperarse la demanda interna.

    No deben darse a estas cuentas de la vieja más valor que el de ilustrar la idea de que, en definitiva, es la mejoría de la posición competitiva de la economía española la que explica este presumible cambio estructural del sector exterior, lo que significa que sólo si somos capaces de mantener en el tiempo estas ganancias podremos pensar que nuestra economía se está transformando hacia un modelo exportador.

    Ello requiere que la reforma laboral de 2012 no se diluya, y mucho menos que eventuales cambios de signo político de futuros Gobiernos no nos retrotraigan al marco legal anterior. Que la presión sindical no fuerce en el futuro alzas salariales que superen las ganancias de productividad. Que las rigideces aún instaladas en amplios sectores de la economía no vuelvan a generar diferenciales de inflación persistentes con respecto a la UE (y de ahí la importancia de continuar las reformas en sectores tales como la distribución comercial, el transporte de mercancías o la electricidad).

    Que los costes laborales unitarios mantengan ritmos de variación no alejados de la media europea, o dicho con más precisión, que la posición competitiva de la economía española se mantenga en los parámetros actuales, es lo que sustancialmente determinará que la superación de nuestro endémico déficit de balanza sea duradera.

    Quedan por supuesto otras cuestiones relevantes por comentar. Una es la diversificación de nuestros mercados exportadores (en los últimos años el peso porcentual de la zona euro está disminuyendo). Otra, el crecimiento de la exportación de servicios distintos del turismo. En ambos ámbitos la mejora observada en estos últimos años contribuye a reforzar esta dinámica de modelo exportador. Pero es en el campo de la competitividad donde nuestra economía se juega su futuro.

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